Soy runner

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Soy Runner

En esta vida, bueno; casi todos, o la gran mayoría, nos hemos dado un festival, nos hemos concedido un homenaje, nos hemos ido de traca. En resumidas cuentas, nos hemos pasado quinientos pueblos bebiendo. Vamos, que nos hemos bebido hasta el agua de los floreros. Yo he sido uno de tantos.

Domingo por la mañana, cuando el sábado apenas acaba de ser historia, un trozo de tierra en un bancal, tres colegas y yo y, cómo no, esa rubia fresca y peligrosa a la que siempre intentamos tumbar, sabiendo de antemano que ella; dejándose llevar, acaba con nosotros.

Allí estoy yo con mis colegas y vemos a unas personas con sus mallas, sus cascos, sus bambos y su cara de esfuerzo, corriendo por delante de nosotros. Nos hace gracia. No lo entendemos. Nos parece una tontería y seguimos a lo nuestro: intentar vencer a la fresca rubia. Nada. No podemos con ella. Una vez más, nos ha demostrado su fuerza, su poder.

Con los efluvios etílicos ahogando nuestros pensamientos y nublando nuestra escasa capacidad visual, nos despedimos y cada mochuelo a su olivo.

Llego a casa. Como puedo, intento y consigo, no sin esfuerzo, desnudarme y meterme en la ducha. Dejo que el agua me limpie, me refresque, me convierta en una persona normal.

Con la poca lucidez que me queda, acostado en mi cama y sin saber por qué ni como, viene a mi mente las imágenes de aquella gente corriendo.

Recuerdo sus rostros brillantes por el sudor, su respiración acompasada con su esfuerzo. Me pareció notar un bienestar en ellos que se me antojó golosina. En ese momento, decidí que tenía que saber qué era lo que sentían, que era lo que encontraban en esa carretera no les iba a llevar a ninguna parte. Cuál era la motivación, el origen, el por qué, la causa, el motivo, razón o circunstancia que les llevaba a esa manera de proceder.

Me armé de valor. Me marqué unas metas, me fijé unos objetivos. Tenía que entenderlo.

Así lo hice. Un sábado cualquiera, la hora a la que solía recogerme se convirtió en mi  momento de salida. Poco a poco. Mis cascos puestos, mi música sonando, mis pies moviéndose lentamente, mis pulmones disfrutando del frescor de la mañana. Me iba animando y el paseo se convertía en trote y notaba como mi cuerpo me decía que no, pero mi mente y mis sentidos me decían que sí.

Sí al deporte, sí a la vida sana, a disfrutar de la naturaleza, de la libertad, del sol… de la vida.

Comenzaba a cogerle el gusto a esto de correr cuando me di cuenta de que me faltaba el aire, las fuerzas y que mi vista no era clara.

Demasiados excesos. Demasiado alcohol, tabaco y poco dormir me habían llevado a aquella forma deplorable.

Paré. Convertí mi carrera en un plácido paseo mientras mis constantes vitales volvían a su sitio. El corazón volvía a latir a su ritmo, el aire se abría paso hasta mis pulmones sin esfuerzo y mi vista volvía a ser clara.

Casi sin darme cuenta, con el tiempo, aquello se convirtió en una bendita rutina. Todos los días mí tiempo era para la carrera y el goce de la naturaleza era casi mi obligación placentera.

Cuando podía correr por las mañanas, las sensaciones eran casi indescriptibles. El fresco aire de la mañana, el despertar de las plantas con los primeros rayos de sol. El brillo del campo salpicado por las gotas del rocío. Todo perfecto, todo armónico.

Me cruzaba con gente que, al igual que yo; habían decidido contemplar una explosión de vida, de fuerza, de ilusión. Veía sus rostros reflejando el esfuerzo, sus miradas serenas, felices e ilusionantes.

Por la orilla del río, bajando un poco el ritmo para escuchar el lento discurrir de sus aguas, levantando murmullos en alguna que otra pequeña cascada.

La misma orilla y las mismas aguas en las que, varado en la orilla, ví el cuerpo de un animal, de un perro.

Bajé el ritmo hasta casi pararme. Ensimismado contemplaba el cuerpo sin vida del animal y no pude evitar pensar en lo que debió ser su vida. Una vida que quizás no difiera mucho de la de tantos y otros animales a los que se habría llamado mascotas.

El perro, con seguridad, en su día le habría brindado más de una alegría a la persona con la que estuviera. Esa persona que disfrutó de su compañía en momentos tristes, en momentos de soledad.

La misma persona que le enseñó a hacer cosas y a saber estar en el interior de una casa. La persona a la que se hizo sentirse orgullosa cuando por primera vez le dijo hacer algo y lo hizo.

También la misma persona, quién lo diría, que en el momento fatídico, ese momento elegido por el destino, que es el director del teatro de la vida, eligió que terminara su representación, no tuvo para con él ni el detalle de darle sepultura, dejándolo abandonado en el lecho del río, como si ya no tuviera importancia alguna lo que a ella le había dado. Esa falta de humanidad, esa carencia de sentimientos, me llenaron de tristeza, me enseñó cuán deleznable puede llegar a ser una persona. Mis reflexiones me llevaron a una conclusión.

A partir de ese preciso momento, me prometí a mí mismo respetar a la madre naturaleza. Sé que jamás podré devolverle, ni resarcirla del mal que, con mi comportamiento absurdo e irresponsable, le hubiera hecho. Sí, dejar de herirla, de mancillarla. Comenzar a cuidarla, aprender a respetarla y a quererla. Es mucho lo que nos puede dar y en mi caso así lo veo.

Gracias a ella soy mejor persona, gracias a ella he conocido más gente, gracias a ella he hecho nuevas amistades, gracias a ella he descubierto otra forma de vivir, otra forma de ver las cosas.

Gracias a ella soy runner.

 

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